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Todas las historias de amor son historias de fantasmas

Algunos episodios de la vida y obra del autor de La Broma Infinita, a propósito de la publicación de su biografía escrita por D.T. Max

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La tarde del 12 de setiembre del 2008, el escritor de cuarenta y seis años David Foster Wallace entró al garaje de la casa que compartía con su esposa y le escribió una carta de dos páginas. Luego subió a una silla y se ahorcó con una soga. Alrededor había una pila de papeles que formarían parte de El Rey Pálido. Novela que terminaría derrotándolo, sumiéndolo por varios años en la frustración y la inseguridad; sin encontrar un camino para concluirla.

«Lo que pasa por dentro es simplemente demasiado rápido y enorme y completamente interconectado para que las palabras consigan algo más que apenas esbozar los contornos de como mucho una parte diminuta de ello en cualquier momento determinado» – (Extracto del cuento “El Neon de Siempre” de DFW)*

Como sucede con los escritores auténticos, la vida y la obra de Wallace tuvieron la misma intensidad y la misma búsqueda. Detrás de sus cuentos y novelas hay un proyecto moral: él quería encontrar una manera digna y honesta de vivir en mundo difícil, invadido por las adicciones y el entretenimiento. Su constante esfuerzo por no engañarse a sí mismo –ni a los demás- lo llevó a sumergirse por los mares más oscuros del alma humana. Su vida fue un constante padecimiento de enfermedades psicológicas, depresiones severas y adicciones que se complementaron con una mente absolutamente brillante, una personalidad competitiva y una erudición sin precedentes en el panorama literario americano. Como lo dijo el mismo Wallace, la labor del escritor consiste en «aplicar técnicas de reanimación cardiovascular a aquellos elementos mágicos y humanos aún vivos y resplandecientes a pesar de la oscuridad de los tiempos… la ficción trata de saber en qué consiste ser un puto ser humano»*

Su genialidad fue precoz. Terminó la universidad consiguiendo un doble cum laude por haber escrito una tesis de 500 páginas que luego se transformaría en su primera novela La escoba del sistema. Aquel libro tenía una estructura moderna y complicada –que luego se repetiría en el resto de su obra- establecida de fragmentos que no tienen conexión directa entre sí. La novela es un reflejo de la fascinación de Wallace por el escritor Thomas Pynchon y el análisis del lenguaje del filósofo austriaco Wittgenstein. Como lo señala en la biografía escrita por D.T. Max:

«… Un día Wallace se encontraba enfrascado en una conversación sobre Cien Años de Soledad y un amigo le prestó un ejemplar de La Subasta del lote 49. Para Wallace, leer a Pynchon fue como cuando Bob Dylan encontró a Woody Guthrie. Pynchon era expansivo. Intentaba capturar la enormidad de américa. Y demostraba que tanto el tono como la sensibilidad de la cultura popular -música, programas de televisión y los thrillers- podían convivir sin problemas con los temas serios de la literatura.…Wittgenstein, por su parte, entrañaba un interés fundamental para Wallace. El filósofo planteaba lo que él pensaba del estilo de Pynchon: que la experiencia es un juego, que las personas se encuentran completa y aisladamente unas de otras».**

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La Broma Infinita

Wallace empezó a tener problemas psicológicos desde muy joven y antes de cumplir los treinta ya había sido hospitalizado por depresión, abuso de drogas e intento de suicidio. Sin embargo su ambición por escribir una obra compleja y profunda no solo no disminuyó nunca sino que fue en aumento. La Broma infinita, su novela de más de mil páginas, es uno de los más increíbles esfuerzos literarios por retratar al ser humano sumergido en las tentaciones de un mundo moderno. Los primeros fragmentos del libro datan de 1986, los cuáles fueron aumentándose y multiplicándose a los largo de los años, para que finalmente saliera publicada en 1996, generando uno de los mayores acontecimientos literarios en Norteamérica. La novela es sencillamente enorme. Hay una multiplicidad de voces y personajes, escenas y oraciones larguísimas, historias y micro historias -la mayoría inconclusas- que se desarrollan dentro de tres hilos argumentales: 1) El retrato de la familia Incandenza –ingeniosa, adinerada, disfuncional- que dirige una academia de tenis, 2) la historia de Don Gately –un ladrón y adicto que intenta buscar un sentido a la vida en un centro de rehabilitación- y 3) un panorama político futurista donde Estados Unidos, Canadá y México se unen para crear una nación llamada ONAN en el que se desarrollan una serie de eventos. “La broma infinita” –dentro de la novela- es el título de una película cuyo contenido es tan irresistible que la gente muere de tanto placer con solo verla. En la biografía de hay un interesante análisis de esos micromundos y sus personajes:

«La academia Enfield de tenis es un mundo de niños bien, orientado al trabajo en equipo y saturado de drogas; el de Ennet House es un mundo pobreza, teñido por el crimen y quebrado por la droga. Ambos están asediados por la egolatría: en el caso de los jugadores de tenis, su solipsismo es una forma de narcisismo, supone el riesgo de que toda atención que se deposita en ellos llegue a hacerles creer que están bendecidos de una forma extraordinaria; para los residentes de Ennet House (El centro de Rehabilitación para las drogas) el solipsismo tiene que ver con la desesperanza, pero también con el egocentrismo que habita en el núcleo de la terapia y la rehabilitación, un mundo donde el yo se encuentra tan dañado que nada puede aproximársele…

… El libro es una meditación sobre el sufrimiento de la adolescencia, los placeres de la intoxicación, los peligros de la adicción, el precio del asilamiento y la fragilidad de la salud mental (Wallace no olvidó nunca Terciopelo Azul, de David Lynch, ni la frágil línea que en América separaba lo anodino de lo anormal). El libro habla de la inminencia de una crisis y de la posibilidad de salir reforzado de ella. Ofrecía fe al margen de la religión. Reflejaba a una generación de jóvenes que en medio de la opulencia se sentían incomprendidos o ignorados, que con cada década que pasaba tenían menos idea de cómo hacer visible su riqueza de yo interior».**

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Centros de Rehabilitación

Así como Hal Incandenza -uno de los personajes principales de La Broma Infinita- en su adolescencia Wallace tuvo también dos amores: el tenis y la marihuana. Podía jugar al tenis de forma verdaderamente brillante y era uno de los mejores de su colegio. La marihuana, por su parte, le ayudó a superar la timidez y a calmar su ansiedad creciente. Aunque también era consciente que lo aislaba dentro de una claustrofóbica conciencia privada. Con los años, adquirió también la dependencia al consumo de alcohol, que sumado a sus constantes crisis de ansiedad y sus problemas depresivos, constituyó una adicción muy difícil de superar. Wallace ya había sido ingresado años antes a un hospital psiquiátrico durante varias semanas. Los médicos consideraron la posibilidad de que sufriera un trastorno bipolar y depresión maniaca. Una noche ingirió una sobredosis de Restoril, un sedante que le habían recetado para el insomnio. Su padre lo encontró a la mañana siguiente y ambulancia lo llevó al hospital para asistirlo de emergencia y realizarle un lavado de estómago. En La persona deprimida, un relato acerca de una joven mujer narcisista e infeliz, incluido en Entrevistas breves con hombres repulsivos, Wallace escribió:

«Paxil, Zoloft, Prozac, Tofranil, Welbutrin, Elavil y Metrazol en combinación con terapia electroconvulsiva unilateral (durante un tratamiento voluntario con hospitalización requerida de dos semanas en una clínica regional para desórdenes afectivos), Parnate tanto con sales de litio como sin ellas y Nardil tanto con Xanax como sin él. Ninguna de ellas había proporcionado ningún alivio significativo de la angustia y los sentimientos de aislamiento emocional que convertían cada hora de la vida de la persona deprimida en un infierno indescriptible».*

Teniendo en cuenta que su frágil estado mental, sus adicciones se tornaron doblemente peligrosas, por lo que se vio obligado a visitar constantemente psicoterapeutas y a ingresar centros de rehabilitación para controlar sus abusos de sustancias. Mientras vivía en Illinois, había uno que le gustaba en particular, cuyas reuniones se realizaban en una iglesia.

«Wallace fue una sorpresa para todo el resto de integrantes del grupo de rehabilitación, conformado básicamente por gente de clase trabajadora. Cuando apareció por primera vez con su camiseta rota, sus botas de trabajo y su bandana en la cabeza, varios miembros del grupo le tomaron por un indigente. Muy pronto se convirtió en parte del mobiliario. A los demás miembros les encantaba su forma de hablar –para muchos, era la persona con mejor expresión de todas las que habían conocido- y sentían que sus elaboradas y prolongadas narraciones sobre la batalla cotidiana por conservar la ecuanimidad que le mantenía sobrio expresaban también lo que ellos estaban pensando, pero mejor. Como siempre, recayó sobre ellos la labor de recordarle que no viviera tanto en su cabeza. Le tomaban el pelo por demasiado analítico y le ofrecían eslóganes como “simplifica”, “trátate bien”, o “deja de intentar de entenderlo todo”. Lo banal de estas respuestas enfurecía a Wallace, pero era consciente de que después de cuatro años, seguía estando limpio de drogas y alcohol gracias a personas como ellos. Siempre estaba dispuesto a ayudar a otros miembros con cuestiones espirituales o prácticas, reescribía sus solicitudes de empleo o su correspondencia profesional. Esto obedecía a la rúbrica “cadena de favores”: si prestas ayuda a otra persona, cuando tú la necesites alguien acudirá por tí…. A su vez, el resto de los miembros del grupo empezaron a cuidar de él. Lo veían –y él se prestaba a ello- como un “santo loco”. Uno de ellos, un ex juez, empezó a regalarle ropa de la que iba a deshacerse. La hija de otros miembros del grupo le cepillaba el cabello, rebelde y largo. Si se le estropeaba el ordenador, algún miembro de rehabilitación venía al rescate de sus archivos. Wallace no tenía familia y era adoptable».**

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A los veinticinco años Wallace era un profesor con un look grunge: iba a clase con una bandana en el cabello, botas Timberland y camisas a cuadros. Decía palabrotas y fumaba demasiados cigarrillos. Luego intentó dejarlo y empezó a mascar tabaco. Una vez que aprendió a vencer su timidez, tuvo muchos amoríos y relaciones. La mayoría de ellas pasajeras. Un día se apareció en la casa de Mary Karr -una ex novia suya-, y le enseñó un tatuaje que se había hecho en el hombro: era un corazón con el nombre de ella. Cuando cumplió cuarenta años hizo que se lo tacharan con una raya y se tatuó un asterisco y un poco más abajo colocó otro asterisco y la palabra “Karen”, el nombre de quien fue su esposa. Estuvo muy interesado en el sexo e incluso dedicó mucho de su tiempo en escribir acerca de la pornografía. Le gustaba mucho la televisión y la música, pasaba una gran cantidad de horas frente a la pantalla. Así mismo, escuchaba a la banda Joy Division y se sentía atraído en particular por la imagen de su vocalista Ian Curtis. Su canción favorita era “The Big Ship” de Brian Eno.

Algo supuestamente divertido

Además de las novelas y los libros de cuentos, Wallace realizó importantes aportes de trabajos de no ficción que fueron publicados en revistas y periódicos como Rolling Stone, Harper’s o New Yorker. Aunque Wallace nunca se sintió completamente a gusto haciéndolo –consideraba que su verdadero compromiso era con la literatura-, estos textos fueron fundamentales para entender cómo funciona Norteamérica a través de sucesos reales. Uno de los más importantes fue una crónica acerca de su experiencia por el Caribe en un crucero de lujo. Para él fue una experiencia difícil, teniendo en cuenta lo ensimismado que era y que tenía que batallar con la posibilidad de caer nuevamente en su adicción por la cantidad de alcohol que se distribuía en el crucero. Wallace se sentía solo y fuera de lugar, pasó la mayor parte del tiempo en el camarote y en la biblioteca del barco. La crónica fue titulada Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y terminó siendo un testimonio de lo triste, vacía y frívola que puede llegar a ser la sociedad americana en su búsqueda del placer. Uno de los fragmentos del texto refleja bien la angustia que experimentó el autor a borde de aquel crucero:

«Hay algo insoportablemente triste en los cruceros de lujo masivos. Como la mayoría de cosas insoportablemente tristes, resulta increíblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir –sobre todo de noche, al cesar toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio- me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso: “desesperar”, pero es una palabra seria y la estoy usando en serio. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como estas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda».*

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Nardil y sus últimos meses

Desde que tenía 23 años, Foster Wallace consumía un fármaco antidepresivo inhibidor llamado Nardil. El medicamento logró mantenerlo estable por muchos años, pero él nunca se sintió completamente seguro de su buen funcionamiento. Para cuando tenía 46, Wallace ya había publicado dos novelas (La escoba del sistema y La Broma Infinita) los libros de cuentos (La niña del pelo raro, Entrevistas Breves con hombres repulsivos y Extinción) e innumerables artículos, ensayos y crónicas publicados en los libros (Hablemos de langostas y Algo supuestamente divertido…). Para entonces, Wallace ya era el escritor más destacado de su generación y su fama y popularidad estaba en boca de todos. Pero él nunca estuvo satisfecho. Desde hacía unos años atrás se había embarcado en la “cosa larga”, que era como llamaba a una novela que se desarrollaba en una agencia tributaria de Estados Unidos y que tenía como objetivo profundizar en el aburrimiento del ser humano. La novela se llamaría El rey pálido y en una de sus páginas se pueden leer este extracto que resume su búsqueda:

«Quizá el aburrimiento esté asociado con el sufrimiento psíquico porque aquello que resulta aburrido u opaco no consigue ofrecer la estimulación suficiente para distraer a las personas de otro tipo de sufrimiento más profundo que siempre está ahí, aunque sea en forma de música de ambiente a un volumen muy bajo, y del que la mayoría dedicamos casi todo nuestro tiempo y energía a intentar distraernos para no sentirlo, o al menos para no sentirlo directamente  o con toda nuestra atención completa».*

En el año 2007, Wallace sintió una crisis de ansiedad mientras estaba cenando con sus padres. Días después visitó a un doctor y este le sugirió que quizás era momento de probar con otros antidepresivos, ya que el Nardil era un fármaco antiguo y no muy eficiente. Sin embargo para Wallace eso significó que albergara la posibilidad de “estar limpio completamente” de pastillas. Culpaba al Nardil de su bloqueo creativo y pensaba que si se libraba de este, empezaría una nueva vida. Wallace quería escribir distinto, ser alguien distinto. Así que finalmente dejó el medicamento y durante las primeras semanas todo marchó bien. Pero luego vino lo peor. Wallace tuvo que ser hospitalizado por depresión severa. Cuando le dieron de alta le recetaron otros fármacos pero él ya estaba demasiado asustado como para darles tiempo a que funcionaran. En un cuento llamado “The Planet Trillaphon”, el narrador consigue capturar la realidad de quien está profundamente deprimido y explica de alguna manera qué estuvo pasando el autor en esos últimos meses de vida:

«La depresión de verdad no es como lo que sientes cuando se te muere el perro aquel que era tan bueno… y en un par de días ha desaparecido del todo. La verdadera depresión es distinta. Para mí es como estar completa, total, plenamente enfermo. Intentaré explicar lo que quiero decir. Imagina que estás enfermo del estómago, con unas nauseas realmente intensas… ahora, imagina que es todo tu cuerpo el que se siente así, imagina que todas las células de tu cuerpo, se siente así de mal, enfermo, intolerablemente enfermo. Sin oportunidad de vomitar sin aliviar la sensación… es en donde te das cuenta que la cosa mala eres tú… tú mismo eres la enfermedad… ahora te das cuenta de ello. Y entonces, supongo, es cuando contemplas el agujero negro y ves que tiene tu cara. Y ahí es cuando La Cosa Mala te devora enterito, o mas bien, cuando tú te devoras a ti mismo. Cuando te matas. Todo ese rollo con los suicidios de la gente que tiene “depresión severa”, decimos, “santo cielo, debemos hacer algo para evitar que se suiciden!”. Y es un error. Porque, a ver, para entonces esas personas ya se han suicidado, cuando “se suicidan” efectivamente  lo único que están haciendo es poner orden».*

El escritor americano Jonathan Franzen –conocido por las novelas Las correcciones y Libertad-, fue su amigo durante muchos años e intercambiaron muchas horas de conversaciones y viajes juntos. Franzen estuvo presente en los últimos meses de vida de Wallace, acompañándolo algunos días en su casa y escribiéndole cartas y llamándolo constantemente. Cuando se enteró de su muerte no pudo ocultar su frustración y su impotencia. Para Franzen, el suicidio de Wallace fue una especie de traición, producto de su mente conflictiva y contradictoria. Una inestabilidad que estuvo contenida por el Nardil, pero que luego -al no estar este medicamento- salió a la superficie: «a fin de demostrar de verdad que no merecía ser querido, era necesario traicionar de la manera más horrorosa a quienes más lo querían, quitándose la vida en casa y convirtiéndolos a ellos en testigos presenciales de su acción. Y lo mismo puede decirse del suicidio como jugada de promoción en su carrera profesional, que era la clase de cálculo al servicio del anhelo de adulación que despreciaba y del que negaba ser consciente y que luego admitía, riéndose con una mueca atormentada».*** 

Franzen, quien lo conoció muy de cerca, hace un análisis de la enfermedad de Wallace y desmitifica un poco su figura de “persona enferma y demasiado buena para este mundo”. Para Franzen había algo oscuro en la personalidad de Wallace: “…La atracción por el suicidio, el último gran golpe, puede soterrarse, pero no desaparece por completo. Ciertamente, David tenía “buenas” razones para no tomar ya Nardil –el temor de que los efectos secundarios en su obra y en sus relaciones- y también otras, “no tan buenas”, basadas en el ego: un deseo perfeccionista de depender menos de una sustancia, una aversión narcisista a verse como un enfermo mental permanente y también otras muy malas razones: Bajo su hermosa inteligencia moral y su adorable debilidad humana asoma con intermitencias la vieja conciencia del adicto, el Yo secreto que, tras décadas de represión mediante el Nardil, atisbó por fin la oportunidad de liberarse y salirse con la suya: el suicidio…”***

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Podemos decir que existen dos tópicos que marcaron la vida y obra de Wallace. Estos fueron, la depresión y el aburrimiento. Para Franzen, este último fue lo que terminó por vencerlo: “Si el aburrimiento es el terreno en que brotan las semillas de la adicción, y la fenomenología y la teleología de la suicidalidad son las mismas que las de la adicción, paree justo afirmar que David murió de aburrimiento”***

En los últimos meses de vida, cuando Wallace se encontraba completamente sumido en la depresión,  Wallace era cuidado y vigilado por las veinticuatro horas del día. Sin embargo él se las ingenió para engañar a su esposa Karen Green y planificar su suicidio con cuidado. En sus últimos días dio muestras de superación e incluso tuvo una cita con un quiropráctico unos días antes. “Uno no va al quiropráctico si está pensando en suicidarse” dijo ella con tristeza. La tarde del día viernes del 12 de setiembre del 2008 Wallace le dijo a Karen que vaya a su galería ubicada a unos cuantos minutos de su casa. Esperó a que estuviera solo y se mató.

David Foster Wallace tuvo una vida llena de vivencias, transcurrida en secreto y entre un considerable autodesprecio, por no hablar de la multitud de cartas que dejó como testimonio de esa lucha… A pesar de todos los momentos de oscuridad que hubo en su vida, este producto del Medio Oeste americano, esperanzado, vulnerable, enérgico, irascible, desesperado, optimista y tímido, nunca dejó de ser una versión pura de nosotros mismos.**

 Notas.
Para evitar confusiones con respecto a las voces presentes en este texto, he colocado unos asteriscos al final de cada párrafo:
(*) Son párrafos extraídos directamente de las novelas y cuentos de David Foster Wallace
(**) Son párrafos extraídos de la biografía de Wallace escrita por D.T. Max (“Todas las historias de amor son historias de Fantasmas”, Ed. Random House Mondadori, Barcelona, España 2013)
(***)  Son párrafos extraídos de un artículos titulado “Más afuera” escrito por Jonathan Franzen. (“Más afuera”, Ed. Salamandra. Barcelona, España 2013).
El resto de párrafos pertenecen al autor de este artículo.

 

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