Diego Trip

“La ruta de Diego Trip”

El recorrido de Diego Zelada, de músico callejero hasta Al Espacio, su más reciente producción discográfica | Fotografías: Brenda Contreras

Diego Trip, el alter ego artístico de Diego Zelada, nació hace 22 años. Actualmente ha publicado dos materiales discográficos, su Ep debut titulado Bajo la ciudad (2018) y Al Espacio (2019), un disco en el que logra despegar su potencial creativo y que ha llevado a considerarlo como una de las promesas del pop nacional. Por su corta edad uno pensaría que se trata de un talento precoz, sin embargo, las adversidades de Diego Trip empezaron muy temprano. Incluso antes de nacer.

Un mes antes de concebirlo, su madre fue diagnosticada con embarazo molar, una fertilización anormal del óvulo en la que la placenta crece sin tejido fetal. “Después de operarla le dijeron que no debía intentar tener hijos por el lapso de dos años y salió embarazada al mes. Pensaban que yo también era un embarazo molar. Nací de chiripa.”

Y lo que no ha sido azar en la vida de Diego ha sido iniciativa, persistencia, una batalla duradera contra su propia inseguridad y en la que hasta ahora ha salido ganando. Este año editó Al Espacio, uno de mis discos favoritos del año por su audacia estética y el cuidadoso trabajo de producción. Me interesaba saber quién era la persona que estaba detrás de aquel disco en el que el amor, el vicio y las despedidas van de la mano.

Son casi las seis de la tarde y se comunica conmigo para decirme que está muy cerca. Es puntual. Llega con Alejo Varela, amigo y colega suyo, iniciamos la entrevista pero se corta inmediatamente. Su celular suena, contesta, charla aproximadamente 5 minutos. Yo ya estoy ansioso.

¿Todo bien?

Sí, lo que pasa es que mi viejo me pregunta, ¿cómo voy a hacer con lo de mi viaje a Chiclayo? Sabe que es jodido hacer música porque por lo general uno no gana y sí gasta. Entonces, se preocupa y me pregunta en qué estoy, si estoy vivo, si estoy comiendo. Y es que había una época, casi todo el 2018 y los dos primeros meses de este año, en la que no comía absolutamente nada por invertir mi plata en hacer música o ensayar pero ahorita estoy mejor.

Al verlo podríamos estar de acuerdo con su padre. Un Diego de apariencia relajada, de contextura delgada, que parece frágil y fácil de quebrantar. Por momentos, su expresión deja ver al niño que felizmente todavía guarda en sí. Su mirada a veces es esquiva pero no por deshonesta sino por concentrada, como si al mirar un punto fijamente, se proyectara sobre la superficie las escenas que va relatando.

¿Cuál fue tu primer acercamiento a la música?

La primera vez que me sorprendí fue cuando mi viejo colocó algunas canciones de Soda Stereo en un Volkswagen rojo, antiguo, del año 74. Por entonces transcurría el año 2002 o 2003 y también comencé a escuchar a Guns ‘n’ Roses, Eric Clapton, Charly García, Hombres G y toda la música que a mis viejos les gustaba.

Debo explicar que no era la radio del auto, sino una radio a la que le colocábamos pilas y casete. Nos metíamos al auto, escuchábamos canciones y cuando se le acababan las pilas, la gente se ponía a hablar o mis viejos a conversar. En mi mente, yo seguía escuchando música, me ponía a crear canciones. De chibolo era así: me encerraba en mi mundo.

Fue en sexto de primaria que mi viejo me regaló mi primera guitarra.

¿Tu padre siempre estimuló ese potencial creativo?

Sin querer. No es que colocara música y me dijera “Tú debes escuchar esto”. No. Mis viejos siempre me dejaron ser libre. Si yo quería pintar, pintaba. Mi madre pinta cuadros y mi viejo toca guitarra, también bajo. Así que, en casa, si yo miraba por allá mi vieja estaba pintando cuadros; por ahí, mi viejo queriendo sacar un tema. Eso lo podía saborear, ¡qué bonito es eso!

Al principio fue por su convicción mezclada con rebeldía y búsqueda, por la que sus padres decidieron impulsar su anhelo. “Si vas a hacer esto, hazlo bien, me dijeron. Y entré a la Orson Welles”. No duraría mucho. Por entonces, ya no vivía con su madre y su padre decidió formalizarse en matrimonio con una nueva pareja. Diego anunció que no viviría más con él ni con la familia. Tenía 17 años y la adolescencia lo llevó por caminos inesperados.

Este es su relato de aquella temporada en el infierno:

El primer quiebre sucedió cuando mi vieja se va de la casa y yo tenía 11 años. Se separa de mi viejo porque se enamoró de otra persona, de una mujer. Desde entonces me quedo con mi viejo y me voy mudando de un lugar a otro con él. Tiempo después, él me dice, “Diego, me voy a casar, voy a tener una familia y me voy a vivir con mi pareja”. Me dijo que las cosas cambiarían y que deberían ser a su manera. Yo le dije, “Está bueno. Pero yo no quiero ir”.

Me dijo que podía quedarme en el departamento en el que vivíamos. Le dije que no, que no me iba a quedar y me fui a vivir un tiempo con una amiga. Llevaba una vida loca, no dormía bien, no me bañaba. Era un infierno, subía a tocar a los carros para ganar unas monedas o tocaba parado en una esquina. Luego viajé a Cusco. Viajé sin mucho rumbo. Al final, tuve que regresar a casa. Le dije a mi viejo, “Déjame este lugar porque no tengo dónde caerme muerto, no tengo adonde ir”. Él lo entendió y me dijo “Quédate ahí. Ese es tu lugar”. Desde los 17 comencé a vivir solo.

Carrear es horrible. A veces parece que es fácil. Te dices, “Me pongo a tocar, gano mis monedas ida y vuelta”. “Me quedo acá una hora y me gano tanta plata”, calculas la ganancia aproximada porque ya sabes cuánto sacas en cada bus. Sin embargo, la realidad siempre es más dura de lo que crees. Estás todo el día tocando la guitarra. Subiendo a un bus, bajando de otro y de algunos me botaban los cobradores. Estás todo el día transpirado y comenzando a apestar, con las manos llenas de tierra; pero tienes que seguir porque con lo que vas a sacar ahí te vas a ir al Tambo para comer algo. Eso era lo horrible. No me gustaba, no tenía un objetivo, menos una llegada. Simplemente era carrear, carrear, sacar plata. Y al día siguiente levantarte para seguir sacando plata.

Mi ruta iniciaba por la avenida Universitaria, llegaba a la avenida Brasil y siempre chapaba los buses grandes, aquellos que recorren toda la avenida Del Ejército y ahí me quedaba hasta morir. No me iba más lejos, llegaba hasta el final de la avenida y volvía. Es la jungla broder, el que come, come.

Fue mi única actividad durante dos años o dos años y medio. Quería hacer música, quería componer y no lo estaba haciendo. Estaba tocando por plata pero no estaba creando. Creaba canciones propias en mi casa, sabiendo muy bien que al día siguiente tenía que salir a tocar las mismas canciones de Cultura Profética o Gondwana.

Por esos años, escribí algunos temas que posteriormente volvería a grabar para Al Espacio. Eran temas más personales, canciones que representan mi personalidad. Habla de los problemas que tuve, problemas con mis viejos, de algunos recuerdos. Son canciones que quedaron guardadas y renové para el disco. El tema que tuvo mayores cambios fue Locos de noche. Era un tema en el que sólo había piano clásico y voz. Es una canción del 2015 y la reversioné para que suene más oscura, porque era así el momento, estaba en una relación tóxica, caótica y en la cual, sin embargo, ambos sentíamos que la pasamos bien.

Con ella fumábamos bastante yerba. Salir juntos era perderse. Ella siempre llevaba un blíster de alprazolam y bates. Los dos terminábamos súper idos. A veces no podía ni caminar. Ese tipo de estupefacientes te generan una depresión fuerte. Tú piensas que llevarás tu vida normal pero a los dos o tres días estás con el bajón y no sabes qué hacer, quieres arrancarte los pelos, no por querer volver a consumir sino porque simplemente tu cuerpo se siente mal. También te deprimes mucho, te encierras y te cohíbes bastante. Entonces vuelves a caer y a meterte más alprazolam. Una vez desperté y no sabía dónde estaba, intenté recordar cosas y no podía.

Transcurrió un año con toda esa locura densa. Me dije, “No, ya no quiero esto, yo ya no puedo, ya estuvo ya”. Felizmente he tenido fortaleza para salir. Ahora mi consumo es recreativo. Viví ese mundo que parece normal cuando no lo conoces, pero en el que hay dramas fuertes. Hay momentos en los que quieres salir y no puedes. Es por esa época que nace Estelar – Mi adicción.

En el 2017, mi vieja decide mudarse conmigo por el lapso de un año. Fue un año difícil porque yo ya no estaba acostumbrado a vivir con mi mamá y ella mucho menos conmigo. Era un tipo totalmente bohemio, entraba y salía de casa, llegaba bien fumado o borracho en horas de la mañana o de la tarde, después de dos o tres días. Mi mamá enloquecía.

Ahí nace Mama, era totalmente distinta, era pop. Un día estaba en casa con mi vieja, ya tenía la letra e improvisé en mi habitación. Salí, le dije que le iba a cantar algo y lo hice.

Luego vino toda una etapa de frustración. Tenía toda esta inquietud de hacer música y terminé chambeando como auxiliar administrativo en un hospital para ganar un sueldo y poder comprar algunos equipos. Quería empezar a sonar mejor. Me comenzaron a salir tocadas de vez en cuando. Comencé una nueva relación y a la mamá de ella se le ocurre meterse en mi vida. Ahí es donde ocurre la explosión. Me decía…”Deberías ponerte a estudiar una carrera”. O “Tienes que entrar a estudiar como sea, hijo”. Siempre supe que la señora me lo decía en buena onda. Y también comencé a creer que era lo correcto. Finalmente edité Bajo la ciudad y le hice caso, me puse a estudiar. Ingresé a Publicidad de la UPN. Pagué con mi plata. Me dedicaba pero llegó el momento en el que sólo quería hacer música. Hacía la tarea y pensaba, “No, qué estoy haciendo. Estoy haciendo todo mal.” Ya había sacado el Ep y lo había dejado ahí. Sentí que lo que hacía en ese instante no era lo mío.

En octubre del 2018, me preguntaron si estaba yendo a la universidad. Y yo ya no estaba yendo para nada. Decidí dejar de ir, me quedé en mi casa, me encerré, dejé de ir a trabajar. Y desde ese día me puse a producir todas las canciones de Al Espacio.

Mi pareja comenzó a criticar mi decisión, diciendo que estaba haciéndolo todo mal de nuevo. Cuando se enteraron que fumaba marihuana, se armó el quilombo. A partir de ahí dije “Ya no quiero, ya no la hago. Yo no estoy con tu mamá y ya no quiero estar contigo. Yo quiero hacer música, yo no he venido a enamorar a alguien. Yo he venido a hacer canciones”.

Ese fue el momento en el que Diego Zelada se convirtió por completo en Diego Trip. Entendió que a él mismo le correspondía darle sentido a una existencia probablemente azarosa. Fue el momento en el que se liberó de caminos impuestos. Visualizó sus posibilidades creativas y las consecuencias de su libertad, que siempre es un terreno inhóspito pero que en su caso ya no atemorizaba.

¿Eres consciente de lo que has hecho?

Siempre tuve la intención y las ganas de hacer música. En algún momento parecía un sueño que se había deteriorado en el momento en el que comencé a estudiar y trabajar, en el que me choqué con la realidad, con el mundo, en el que entendí cómo eran las cosas y todo lo que uno tiene qué hacer para salir adelante. Me despedí de mucha gente que me decía, “Para qué invertir en eso ¡Invierte en el trap!” Y yo, en serio, me sentía confundido porque hasta los amigos me lo decían.

Aunque muy en el fondo sabía que iba a funcionar, no se los decía. Me iba a mi casa y seguía trabajando. Ahora solo me junto con músicos y con los amigos de la banda. Mi banda es mi familia. También Renzo y Gerson. A ellos siempre los veo y no salgo con nadie más, paro en mi casa, estoy todo el tiempo metido tratando de evolucionar y hacer nuevas cosas.

Con mis familiares tenemos eso de discutir y dejar pasar porque reina la amistad. Ahora mi madre y mi padre viven con sus respectivas parejas. Yo vivo solo y busco estar feliz. Por eso estoy en busca de nuevas sonoridades, de nuevas cosas. Me gusta aprender.

* Fotos por Brenda Contreras.