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Cuánto de ti es solo mi voz buscándome a mí

Una idea sobre el amor y el solipsismo en una sociedad tecnológicamente hiperconectada, a partir de la más reciente película de Spike Jonze.

“¿Quién eres? ¿Qué puedes ser?
¿Adónde te diriges? ¿Qué hay ahí afuera?
¿Cuáles son las posibilidades?”
(Introducción publicitaria al Sistema Operativo de Inteligencia Artificial Intuitiva OS1).

La última película de SpikeJonze será con el tiempo la gran historia de amor del siglo XXI. El director americano nos presenta un drama cálido pero desencantado sobre la búsqueda de una conexión con un ser externo para sobrellevar una vida solitaria y ordinaria. La película propone, a través de escenas conmovedoras y conflictivas, hasta qué punto necesitamos las palabras y la atención de ese “otro” para sentirnos vivos, humanos, importantes y únicos; hechos que se han retratado muchas veces en el cine con consecuencias fatales o ensoñadoras pero que en Her resulta novedoso por tratarse de la relación de un hombre real (Theodore Twembly)con la voz de un Sistema Operativo OS1 (Samantha), un avanzado software recién lanzado al mercado poseedor de una inteligencia artificial intuitiva que se adapta a tus necesidades y evoluciona según su interacción con los humanos y otros OS1.

Más allá de brindarnos un retrato distópico de la humanidad, el film propone una historia sobre el amor y las contradicciones de las relaciones humanas. No es el testimonio de la relación enfermiza de un hombre enajenado por la tecnología. Jonze no intenta satanizar ese hecho, más bien, utiliza nuestra relación con las computadoras como excusa para proponer una sociedad futurista donde sus miembros por fin han alcanzado el sueño perfecto de todo solipsista: una forma de estar solos sin estar solos.

En ese sentido, en Her se desarrolla una relación tierna, pero también oscura. Podría decirse que es amor. Aunque, ¿podría decirse realmente que es amor? Una vez que se haya agotado el entusiasmo por lo corpóreo, ¿qué diferenciaría esta relación de las demás? Si realmente vale lo que “somos por dentro” y superamos los condicionamientos materiales ¿no sería esta unión pura y real? Y si no es así, entonces ¿cuál es el tipo de conexión que esperamos realmente? ¿Cuál es el papel que juega el hedonismo en todo esto? ¿Hasta dónde nos pueden llevar las contradicciones?

“Creo que todo el que se enamora es un raro.
Hacerlo es una locura.
Es como una forma de locura socialmente aceptada.”
(Amy, amiga de Theodore).

Amy, la mejor amiga del protagonista, también rompe con su matrimonio e inicia una relación con un Sistema Operativo. Sin embargo, su manera de asimilar el hecho es menos conflictiva y es más sensata al enfrentarlo. Sus ideas son claras y reflexivas mientras que las de Theodore se hunden en la confusión de sus emociones. Algo típico en personas melancólicas. Y es que si hay algo realmente enfermizo en él, es su imposibilidad para dejar de vivir de sus recuerdos, de esos momentos de los que somos testigos gracias al cuidadoso montaje de la cinta y que podríamos reconocer también como nuestros. No estamos ante un hombre deshumanizado, sino ante un tipo alicaído por una separación amorosa de la que no logra distraerse pese a la cantidad de estímulos que encuentra en su entorno. Es solitario, parco, discreto, posee el adecuado sentido del humor para interactuar con las pocas personas que conoce, tiene la suficiente decencia para no ser un patán y sobre todo está entregado a la nostalgia de un gran amor.

“…A veces, siento que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás.
Y de aquí en adelante nunca voy a sentir algo nuevo,
solo versiones más pequeñas de lo que ya he sentido.”
(Theodore a Samantha).

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Y es en la sombra de la relación con su ex pareja (ese gran amor que no volverá) por donde transitarán los pensamientos y deseos de Theodore. Y por lo general esa sombra, una vez despejada, solo deja ver el gran vacío y confusión en el que está inmerso. Un vacío y confusión que Theodore insistirá en llenar/ocultar buscando/evitando cualquier conexión, porque la característica escencial (y oscura) de un solipsista es justamente esa contradicción: la angustiante necesidad de conectarse con alguien pero a la vez la no menos urgente necesidad de estar solo. Como sea, lo único cierto es que no hay guía que nos permita descubrir qué es lo que queremos. Queda claudicar, sufrir o causar sufrimiento. El camino es de una sola vía y por lo general irreversible para cada uno de nosotros. Por eso en el film, los personajes se quedan solos o desaparecen, porque esa búsqueda ahora viaja a diferentes velocidades. Ese autodescubrimiento que en un primer momento formaba parte de la atracción hacia la otra persona se transforma en un intrincado laberinto.

Ante esa situación queda preguntarnos: ¿Hacia dónde debe apuntar una relación de pareja? ¿Estamos preparados para esa proyección juntos? ¿Con qué nos queremos relacionar exactamente cuándo nos enamoramos? ¿Será con nosotros mismos? Mientras Samantha saciaba su curiosidad lógica sobre su naturaleza artificial, Theodore intentaba volver a ser feliz siendo amado. Y en el camino se quisieron. Cada uno a su manera, egoísta tal vez; sin embargo, no parece alejarse mucho de lo que vemos alrededor y hacia donde nos dejamos llevar lentamente.

Her es una película emotiva e inolvidable. Es posible que en muchos momentos ocasione cierta contracción muscular en tu rostro, algún escozor inevitable en tus ojos por lo que fue y lo que será.

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