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Pasajero de la nostalgia

Prolífico e inclasificable. Maxi Prietto es un músico argentino que graba, experimenta, ensaya y produce canciones desde su propia habitación. ¿Puede un hombre melancólico ser también un tipo contento? //// Escribe Romina Zanellato

Llego tarde, como 20 minutos tarde, corro por la avenida Corrientes, cruzo Acevedo y ahí lo veo, apoyado contra una columna del frente del local, esperándome. Maxi Prietto me citó en un viejo reducto porteño, una casa de más de cien años ubicada en el barrio de Villa Crespo que cuenta con pool, ping pong, billar y ajedrez. Eso dice bastante de la nostalgia que maneja Prietto para hacer todo en su vida. Entre viejos con su vermouth en mano y nosotros con nuestra cerveza fría hablamos dos horas sobre la melancolía y la creación, esas dos partes indivisibles en su vida.

Pero empecemos desde el principio. Prietto nació hace 32 años en Quilmes, una localidad al sur del conurbano bonaerense. A los pocos años se mudó a Capital Federal pero siguió yendo seguido por su trabajo, una empresa familiar distribuidora de golosinas. «Después me tiré a vago y dejé», bromea. La vagancia sería hacer música de manera frenética. Prietto tiene una ecléctica obra solista que se puede escuchar en su bandcamp, la que incluye hasta un disco de boleros. Es parte también del dúo de guitarra–batería que se llama Prietto viaja al cosmos con Mariano, con un disco doble digno de un podio de belleza. Sumado a eso, es además la pieza fundacional de Los Espíritus, banda revelación del 2013 argentino.

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Todo eso surge en su casa, en una habitación que acondicionó como estudio, donde graba, experimenta, ensaya y produce sin parar. Dice tener más constancia que disciplina a la hora de la composición y que disfruta mucho más ese momento íntimo que tocar.

«Me gusta grabar, experimentar, probar sonidos, mi casa es como un laboratorio. Me gusta más que tocar en vivo, incluso. El momento previo, esas horas hasta que empieza el show, me cansa, los lugares con mucha gente me aturden, no entiendo la situación. Una vez que ya estoy tocando lo disfruto pero suele ser siempre muy corto en relación a la ansiedad previa. El “antes” parece mil horas y el show se siente de 10 minutos».

En cambio, la casa. En el transcurso de los años se armó de instrumentos y una infraestructura para gestar toda su música desde ahí. Con esas infinitas posibilidades de creación, Prietto elige siempre la guitarra como instrumento disparador. En el patio de su casa o en esa habitación empieza unos acordes, que se entrelazan con otros, que arman una melodía naciente que insinúa una palabra, y esa lleva a otra, hasta que habla sobre algo, se genera una personalidad y así nace una canción.

«Es como ese momento antes de quedarte dormido en el que no estás inconsciente y podés direccionar el sueño. Hacer una canción es como estar así. Nunca fui a pescar pero creo que debe ser así. Se genera un estado extraño en el que todo surge de una forma un poco inexplicable. Una vez que se generó eso no puedo cortarlo, tengo esa superstición. No puedo irme de ahí hasta que la canción esté terminada».

La corriente de inspiración en ese espacio íntimo se contrapone a lo que pasa en los shows. Con Los Espíritus, su última banda, la intensidad de los toques crece en temperatura corporal, contacto físico y energía de liberación, como un exorcismo compartido. Le pregunto si se siente desde el escenario, cuando todo ahí abajo cobra una intensidad a raíz de la música pero casi logra independizarse de ella. Sí, lo siente.

«Siempre que se llega a ese estadio nos cortan el show. En los festivales pasa muy seguido, es todo muy corto, el tiempo vuela y en la mejor parte nos tenemos que ir. Todo ese esfuerzo de acarrear cosas por algo tan efímero y a la vez tan fuerte. Es una energía muy potente».

Después de que Prietto viaja al cosmos con Mariano sufriera un parate de acción, Prietto buscó algunos músicos amigos para hacer –grabar- algo acústico, tranquilo, comos los EPs Casa 1 y 2 de su proyecto solista. Lo que surgió fue Los Espíritus, algo nuevo hecho de a cinco personas. Sin buscarlo, se gestó. Pensó que iba a ser más productivo continuar con eso que naturalmente se había dado, grabaron un EP con tres temas y después el disco.

«Me daba la sensación que no iba a funcionar. Me sorprendió mucho cómo lo recibió la gente. No lo entiendo todavía. No sé cómo alguien que escucha Prietto viaja al cosmos con Mariano escucha Los Espíritus, pero pasa».

En el grupo está Miguel Mactas en la guitarra, quien en algún momento, antes de que empezara todo, formó con Prietto una banda de la que no queda registro: Astromelia o Astrodelia, depende el día. También está Santiago Moraes, la otra voz de Los Espíritus con quien formó su banda de la secundaria. Con ellos, la inspiración tiene un cauce.

«Pensamos en Los Espíritus para componer, en un imaginario claro, de percusión latinoamericano, de blues y guitarras, de energías calientes, y pensamos en eso, lo intentamos descifrar y así salen las canciones. A mí me funciona pensar en ese misterio y hacer desde ahí».

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En nuestra mesa sobre la calle se escucha el tráfico de Buenos Aires, desde el interior del bar suenan los golpes de los palos contra las bolas de pool, los gritos de victoria de los jugadores de ping pong. Prietto luce tranquilo, despreocupado. Su cara y aspecto de niño generan confianza. Parece como si recién se despertara de la siesta. Uno nunca se imaginaría que él hace tantas cosas y tan distintas. Todo sale a través de él, corre por su sintonía de creación.

«No creo en los estilos musicales, no los entiendo. No puedo hacer algo que no entienda aunque si te gusta es porque está el deseo y en el fondo algo entendés. Pero por naturaleza uno cambia, si no cambiás sos un tarado, es porque te creíste un límite autoimpuesto, una pose. Prefiero quedar como un ridículo que hacer siempre lo mismo».

Y si todo lo que hace está bañado en nostalgia, tal vez eso también cambie pronto. «Soy un melancólico pero no sé si soy una persona negativa. Soy un hombre contento».

No espera nada, sólo graba y toca. Si las cosas ocurren, le da la bienvenida pero no hace nada para que pasen. Si las situaciones llegan es porque tenían que ser. Está tranquilo con ese pensamiento, está cómodo en su forma de vivir la vida.

Cierro el cuaderno, dejo la lapicera y nos pedimos otra cerveza más. «Hagamos las fotos ahora, así nos lo sacamos de encima»., me dice, justo cuando empezaba a acobardarme de mi doble rol. Vamos hasta el fondo del bar, no se inmuta con la cámara, se deja. Nos vamos contentos. Esta vez no nos echaron del bar.

*Fotografías por Romina Zanellato

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