Tálata Rodríguez

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“Veo mucha poesía en lo no poético”

Es la autora de unos poemas vitales, espontáneos y cotidianos que han sido grabados como si fueran videos de rock. Un subte, la bombonera y los barrios de Buenos Aires son su escenario. Escribe: Romina Zanellato

Tálata Rodríguez tiene una boca chiquita, de labios con forma de un beso, que se mueve en la misma melodía que su brazo derecho, el que va y viene en el aire, al ritmo de la poesía. En la mano quieta tiene un teléfono o un papel o el dedo en alto. Parece que rapea, parece que actúa, parece una poeta. No hay definiciones.

La poesía es el arte más conceptual, dice. Se mueve rauda por su casa, en el barrio porteño de Boedo, ese donde se vive más fútbol y tango que en cualquier otro lugar, donde los turistas no llegan. Está hablando de la poesía para construir y destruir la memoria, el destino, reconstruir la historia. Antes dijo que lo poético es lo fuera de lugar y, en el medio agregó algo más: “En este mundo caótico el que sobrevive es un artista”.

La materia prima de Tálata es la palabra y su obsesión es el estudio activo de las formas en las que se transforma el lenguaje a través de los sonidos, de la experiencia, de lo intangible de la inmediatez. Sus componentes son: vida e internet. ¿Pero cómo?

Nació en Colombia y vivió hasta los 10 años junto a sus padres en comunidad. La situación en Bogotá estaba recrudeciendo en violencia y se mudó a la casa de su abuela materna en el barrio porteño de Parque Avellaneda, dejando a sus padres en Bogotá. La distancia con ellos forjó una relación epistolar que duró diez años.

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Entre 1989 y 2002 su padre le mandó cartas desde 30 direcciones postales diferentes. Todas esas cartas se fueron juntando en carpetas y cajas, perdieron su orden hasta que el año pasado lo rearmó en una performance en el Centro Cultural San Martín, en el ciclo Mis Documentos.

No, lo que hace Tálata no es stand up. Esa definición la podemos tachar.

“Tengo una novela/chat en el celular –dice-, la voy a leer en el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), será un mashup de poesía y se llama Instrucciones para escapar”.

Eso ya ocurrió, fue a fines del 2014 y le llevó varias semanas de trabajo. Se había estado escribiendo con un hombre mediante el chat durante meses. Editó esas conversaciones sobre una enorme variedad de temas, con eje central en la vida y el amor, armó una historia que cabe en la pantalla de su celular.

Se para de un salto y larga sus teorías:

– El emoticón es el nuevo esperanto y sí funciona.

– Internet es el libro más grande de la historia de la humanidad, no se ha terminado de escribir y nadie lo leerá completo jamás.

– El historial de navegación del browser es el nuevo diario íntimo.

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Ella piensa, es práctica, se mueve, hay papeles, hay computadora, está la luz que entra por el balcón y contamina todos los colores de la casa, la autopista que pasa en el horizonte como un recuerdo constante, eterno, la ciudad, la vida.

“Veo mucha poesía en lo no poético, como un estado de situación”, afirma. Y sigue: “La poesía que a mí me interesa va por lo vital, más espontáneo y más mínimo, un cotidiano de lo que pasa en el día. Keneth Goldsmith dice que él no escribe, que transcribe lo que ve en el día. Él le leyó a Barak Obama un texto que se llama Traffic, que es una transcripción de los micros sobre el clima de una radio, los grabó durante un mes, los editó y es una poesía maravillosa. Es eso, es devolver lo que uno escucha todos los días pero de otra forma, con un moñito. Para mí el mundo ideal es el que haya banda ancha y meditación trascendental para todas y todos. Banda ancha hacia afuera y hacia adentro. Cuando sea presidenta será mi primera medida”.

Si esta nota intenta explicar a la mujer o entender su obra, todavía falta contar algo. Al abrir “Primera línea de fuego”, de la editorial Tenemos las máquinas, se ven letras grandes como un afiche, algunas poesías en verso, otras en prosa y en todas un código QR. A un click de distancia hay un video, uno por cada texto, cada uno hecho por un realizador diferente, cada uno filmado en un día, cada uno diferente al otro.

Yo tenía un amigo que se parecía a Slash,
no recuerdo su cara y no sé si la vi alguna vez,
quizás un pedazo de boca, un cigarrillo prendido
humo entre los rulos espiralados. Olor a fijador.
Mi amigo se llamaba Adamo y no venía al colegio.
Era de Tablada como mi compañero Néstor.
Adamo tenía un Dodge milquinientos. Un milky.
No íbamos a ningún lado,
pero las chicas nos arreglábamos
solo para subirnos al milky de Adamo

 Fragmento de Autopista del infierno.

“Fue muy natural la forma en la que llegué a hacer lo que yo quería hacer”, afirma, convencida. Toma agua, muerde un bocado de un sándwich. Tálata fue niñera, promotora, quinielera, manager, productora, cocinera, bartender. Ahí, en ese último rol, organizó ciclos de música y lecturas pero algo no la convencía: “La lectura como representación de la poesía no me parecía, tampoco el libro como formato”. Mientras tanto escribía algunas canciones, mucha poesía, porque para ella es lo mismo, pero un día se terminó su relación con su novio músico, las letras ya no tenían música y en ese silencio escuchó de nuevo, las palabras cantan. “Quiero leer unas poesías”, le dijo a su jefe. Éste le contestó que se suba ya al escenario, se las sabía de memoria, podía. Lo hizo. Ahí empezó todo.

“No pienso en el rapeo, ni en que rime. Cuando empiezo en la performance del texto, sólo digo lo que me acuerdo, y casi todo lo demás lo descarto, del texto escrito también. Le doy el poder a la memoria, si no me lo acuerdo es porque no vale”, explica.

El ritmo es duro, como la calle, como el asfalto, como la memoria colectiva de una generación, de esa que se sentó en la esquina a tomar cerveza, que cogió a la libertad, en cada una de las ciudades argentinas. Sin embargo, Tálata piensa, mira para afuera, el balcón enrejado muestra el sur de la Ciudad, y dice, afirma, al fin, que ella en Bogotá vivía al lado de un boliche de salsa y que esta faceta, la que está grabada en cada video, la que cuenta la historia de esa cocinera que sueña con Bob Dylan, es lo más colombiano que tiene.

Para conocer más de Tálata, pueden visitar la web: http://primeralineadefuego.tumblr.com/

*Fotografías de Romina Zanellato

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